Bitácora Violeta

Técnicas de protección energética para blindarte de las envidias digitales

Alguien puede drenarte la energía sin haberte tocado siquiera una vez. Vuelvo a esa pregunta cada vez que cierro la laptop con la sensación de que alguien destapó un drenaje justo debajo de mi esternón, un vacío físico y no mental, que aparece después de revisar métricas de redes sociales para una marca de diseño o de leer un comentario cargado de comparación. Ese vacío es, para mí, la primera pista de lo que en esta casa llamamos protección energética: un conjunto de técnicas de alquimia digital y numerología aplicada que uso para sostener el bienestar remoto sin tener que desconectarme del todo del mundo.

El cuerpo avisa antes que la mente: las señales de la envidia digital

Antes de ponerle nombre a esto, pasé ocho meses en terapia cognitivo-conductual que sí mejoró bastante mi manejo del pánico, aunque la ansiedad nocturna volvía apenas bajaba la guardia. Fue entonces cuando empecé a anotar, en el cuaderno de tapa violeta, qué pasaba en mi cuerpo los días que pasaba más horas en plataformas de alta exposición: un mareo seco, un escalofrío en la nuca apenas llegaba una notificación de esa envidia pasiva que abunda en el trabajo remoto. Qué bestia cómo el cuerpo reporta antes que cualquier análisis.

La señal contraria también cuenta, y es la que uso como termómetro real: si logro sostener la taza de café caliente en el balcón y dejar que el bullicio del barrio pase de fondo sin que el pecho se me apriete, sé que el blindaje de ese día funcionó. No hace falta ponerle un número a la sensación, ningún diario mío usa escalas del uno al diez, pero esa diferencia entre el vacío bajo el esternón y el pecho suelto en el balcón es, en la práctica, el criterio que decide si necesito blindarme más fuerte o si puedo seguir trabajando tranquila.

Humo de palo santo junto a una laptop en un escritorio de madera, ritual de protección energética antes de iniciar sesión

Lo que hago apenas noto el vacío bajo el esternón

Lo primero es un anclaje de unos segundos antes de abrir cualquier aplicación: los pies planos sobre el piso de madera, la espalda apoyada, y la idea, que ya profundicé en otro texto sobre la Resonancia Schumann, de que mi cuerpo puede sincronizarse con una frecuencia más estable que la del wifi. No necesito entender la física completa para notar que, cuando hago ese anclaje antes de revisar métricas, el mareo tarda más en aparecer o directamente no llega.

Cuando la sesión fue particularmente densa, una reunión con un cliente que compara constantemente su negocio con el de otros, por ejemplo, ese anclaje de unos segundos no alcanza, y ahí es donde me resulta útil cómo limpiar la energía de mi habitación después de teletrabajar. Lo hago con el oído puesto en los crujidos que suelta el piso apenas el vecino de arriba empieza a caminar, un sonido tan cotidiano que terminé usándolo como una especie de reloj informal para saber que el día ya avanzó y que me conviene cerrar el ciclo antes de seguir.

El violeta como filtro, no como estética

El cuaderno que uso tiene tapa violeta por una razón concreta y no solo por gusto: dentro del espectro visible, el violeta ocupa el extremo de mayor frecuencia, y en la alquimia digital que practico lo uso como código de color para la transmutación, sin entrar en la física completa del asunto, eso ya lo desarrollé en otra entrada sobre cómo subir la vibración energética con este mismo cuaderno.

Antes de iniciar sesión, cierro los ojos un momento y visualizo ese violeta rodeando el escritorio, no como un muro de concreto sino como una membrana que deja pasar el trabajo pero filtra lo denso. Blindarme del todo tampoco me sirve: si me cierro por completo, el trabajo remoto se vuelve una cárcel y dejo de recibir también lo bueno que circula en la red.

Manos escribiendo en un cuaderno violeta de tapa gruesa, práctica de alquimia digital y numerología aplicada

Ese mismo cuaderno violeta, además de registrar síntomas, es donde lo uso para manifestar cambios en la forma en que entro a redes: ya no abro Instagram a defenderme de nadie, sino a irradiar algo que, si es denso, no encuentre dónde aterrizar.

Numerología aplicada: ajustar el blindaje según el ciclo del año

La numerología energética que sigo, y que desarrollo a fondo en otro texto, marca este ciclo como un año de comienzos individuales, y para mí eso se tradujo en algo muy práctico: ser mucho más estricta con las horas en que mi campo está más permeable. Esas horas suelen caer al atardecer, cuando la luz cambia y el cansancio del día ya pesa, así que reservo las tareas de alta exposición, responder comentarios, revisar métricas, para la mañana, cuando el anclaje todavía sostiene.

Viviana Recalde, que me escribe desde Bogotá desde que empezó a llevar sus propias páginas matutinas, me preguntó hace poco cómo distingo un comentario ajeno que de verdad hay que procesar de uno que solo hay que dejar pasar. Mi criterio es simple: si, después de leer el mensaje, la taquicardia dura más de un par de minutos, lo trabajo, corto la cuerda energética, respiro, lo anoto; si se disuelve apenas aparto la vista de la pantalla, lo dejo pasar sin ritual, porque no todo merece una intervención completa.

Vista urbana de La Floresta, Quito, con plantas en el balcón vecino, parte de la rutina de bienestar remoto

Blindarse no es lo mismo que desconectarse

Me preguntan seguido si no sería más fácil borrar las redes y vivir en una burbuja analógica. Para quienes trabajamos en digital eso es casi imposible, y además, desde la alquimia que practico, un poco cobarde: la envidia ajena es, en el fondo, una señal de que algo se está moviendo bien. El punto no es esconderse sino volverse transmutadora, capaz de recibir esa densidad y convertirla en combustible en lugar de dejar que se quede pegada.

Esto conecta directo con algo que ya expliqué sobre la protección energética contra energías negativas en el trabajo remoto: no se trata de vivir con miedo sino de gestionar la propia permeabilidad. Belén Proaño, mi vecina del edificio de enfrente, riega sus plantas en el balcón casi a la misma hora en que yo empiezo a escribir, y ella, que nota el cielo quiteño apenas cambia, mucho antes de que llegue el aguacero, se volvió, sin saberlo, uno de mis anclajes urbanos favoritos. Los días en que el blindaje pesa más, camino hasta el Parque La Carolina antes de sentarme a trabajar, y ese tramo a pie hace casi el mismo trabajo que cualquier técnica de anclaje a la frecuencia de la tierra: deja los pies más firmes antes de abrir la primera pestaña. Lo que termina registrando mi cuaderno violeta no es un número en una escala, sino tardes con el pecho más suelto que antes, y la pregunta que me sigue rondando es si, en lugar de protegernos "de" los demás, bastaría con sostener la propia frecuencia tan firme que la envidia ajena no encuentre dónde aterrizar.

Nota: Todo lo que comparto aquí proviene de mi propia experiencia e investigación personal. Nada de esto debe tomarse como consejo médico, financiero o legal. Habla con un profesional cualificado antes de actuar basándote en lo que lees aquí.

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