
La notificación de Slack vibra una sola vez y ya tengo el pecho apretado antes de leer el nombre completo. Es él, otra vez: el cliente cuya energía parece atravesar la fibra óptica y materializarse como un frío repentino en la nuca. Qué bestia, pienso, cómo puede alguien a tres mil kilómetros de distancia hacerme sentir que mi propia sala ya no es segura. Llevo tres años metida en esto —Freedom Healing, numerología, la libreta violeta— y si hay algo que aprendí en ese tiempo es que el trabajo remoto no se blinda con buen wifi: necesita algo parecido a la protección energética, aunque la frase todavía me suena un poco rara cuando la digo en voz alta frente a un cliente de verdad.
Mi jornada debería cerrarse en las cuarenta horas que marca la ley ecuatoriana, pero la toxicidad no entiende de códigos laborales. Se filtra por los poros de la pantalla y se queda a dormir en el sillón de la sala, mientras abajo, en la calle, el bus madrugador sigue bajando pesado por la loma, ajeno a todo esto.
Antes de este cuaderno probé con pastillas de valeriana cada noche, convencida de que si el cuerpo dormía mejor, el resto se acomodaría solo. Ayudaban a cerrar los ojos un rato. Pero la taquicardia seguía intacta en cuanto veía su nombre otra vez al día siguiente. Fue ahí cuando entendí que el problema no estaba en mis horas de sueño, sino en algo que todavía no tenía nombre.
El mito que casi me encierra: blindarme no era protección energética
Cuando empecé a leer sobre bloqueos y protección, mi primer instinto fue buscar un escudo: burbujas de luz, visualizaciones de espejos que devuelven la energía a quien la envía. Suena lógico, y por eso tantas personas se quedan ahí años. Pero cada vez que visualizaba un muro frente a ese cliente, le estaba dando todo mi foco: lo ponía en el centro de mi atención en lugar de dejarlo al margen de ella. Es como intentar no pensar en algo concreto —el esfuerzo por excluirlo es justamente lo que lo mantiene presente todo el día.
Ahí está el error que casi nadie nombra en voz alta: un ritual de blindaje bien hecho no te vuelve invisible, te vuelve más consciente de la amenaza, y eso refuerza exactamente lo que querías apagar. La regla que uso ahora, y que repito antes de armar cualquier ritual, es simple: si necesito pensar constantemente en la otra persona para sentirme protegida, no es protección, es atención disfrazada.

El agotamiento que vuelve con cada mensaje
Mariela, mi amiga de la universidad que ahora vive en Lima, me lo explicó una vez en un audio de domingo con su lógica de cocina: no se trata de tapar la olla con una tapa más pesada, se trata de bajar el fuego. Un escudo más grueso solo hace que la presión busque otra salida.
En Freedom Healing se habla de bloqueos frente al potencial propio, y esa idea, sin entrar en todo lo que implica, me sirvió para notar algo distinto: mi potencial no es ser rehén del mal humor ajeno, sino ser un canal de orden para quien sí valora lo que hago. Anoto esto y el papel se siente un poco áspero bajo la punta del marcador, lo cual, no sé por qué, ayuda a bajar el ritmo de la cabeza. El agotamiento no llegaba por el mensaje en sí, sino por cuánto espacio interno le prestaba antes de abrirlo siquiera.
Para quienes somos especialmente sensibles a esto, no sobra repasar cómo manejar la sensibilidad energética cuando el trabajo implica tratar con muchas personas distintas, porque el volumen de interacciones digitales agota de un modo distinto al de una oficina física.
Lo noté de verdad una tarde en que la lluvia caía pareja sobre el techo de zinc del edificio de al lado: leí su nombre en la bandeja de entrada y el pecho simplemente no se apretó, aunque el mensaje seguía siendo igual de exigente que siempre. No fue una revelación con luces ni un antes y un después narrado en mayúsculas. Fue solo eso: una tarde de lluvia en la que mi cuerpo ya no reaccionó igual.
Decir no sin romper nada
La protección energética real no es un amuleto ni una señal externa que me avise cuándo actuar: es la capacidad de decir que no sin que eso se sienta como una traición a mí misma. Si el cliente grita en un audio a las once de la noche, es su insomnio el que habla, no el mío, y no tengo que absorberlo para demostrar que soy buena en lo que hago.
Cuando dejo de darle vueltas al mismo mensaje, esos clientes agotadores simplemente ocupan menos espacio en mi semana, no porque yo los eche, sino porque deja de interesarme competir con su mal humor. Hace tiempo escribí sobre cómo uso el cuaderno violeta para anotar los cambios que quiero ver en mi realidad, y sigo notando que los límites que trazo ahí a veces se reflejan, de un modo que no sé explicar del todo, en la bandeja de entrada.

Rituales de escritorio sin escudo mágico
No soy sanadora ni tengo formación clínica, y siempre lo aclaro: si la ansiedad se vuelve física y persistente, lo que corresponde es hablar con un psicólogo o un médico, no con una libreta. Estas prácticas son, en el mejor de los casos, un complemento de bienestar emocional, nunca un reemplazo. Dicho eso, siento el peso de la libreta en las piernas antes de escribir nada, y hay gestos pequeños alrededor de ella que sí me devolvieron algo de calma en los días pesados de trabajo remoto.
Limpiar el teclado y la pantalla con un paño suave y una gota de aceite esencial de limón al cerrar la jornada se volvió casi automático, menos por higiene energética y más porque marca el final del día para mi cabeza. Tener una piedra de turmalina negra cerca del router no funciona como un escudo mágico —ya dejé esa idea atrás— sino como un recordatorio visual de que mi energía sigue siendo mía incluso con el router parpadeando toda la noche. Cerrar todas las pestañas del navegador antes de levantarme de la silla, una por una, es otro gesto que repito: no porque cada pestaña sea un hilo energético que corto, sino porque el cuerpo entiende mejor el descanso cuando el espacio visual también se cierra. Hay días en que escribo el nombre de la persona que me agota en un papel y lo guardo en un cajón, no esperando que algo mágico ordene su energía, sino para sacarlo de mi cabeza y dejarlo en un lugar concreto, fuera de mí.
A media mañana, cuando el trabajo se pone pesado, salgo a caminar un par de cuadras hasta la Casa de la Cultura Ecuatoriana, solo para que el cuerpo registre que existe un mundo fuera de la pantalla. Afuera el aire está fresco, como siempre en Quito a esa hora. No vuelvo con ninguna respuesta distinta, pero vuelvo con los hombros un poco más bajos.

Lo que de verdad protege en el trabajo remoto
Protegerse no es desaparecer ni volverse insensible: es dejar de prestar el cuerpo para el drama de otra persona. La regla que me funciona —y que ofrezco aquí sin vender nada, porque en este tema no tengo nada que vender— es esta: si una práctica te hace pensar más en la persona que te agota que en ti misma, probablemente no es protección, por más ritual bonito que tenga alrededor. Protegerse así, a diario, es la alquimia personal más simple que conozco: convertir lo que me agota en algo que deja de pertenecerme.
Cierro la libreta y apago la laptop. Me quedo un momento mirando las luces de Quito encenderse en las laderas del Pichincha. La ciudad sigue ruidosa y un poco caótica, pero el centro ya no se me mueve con cada notificación. Me pregunto, mientras se enfría el café que ya no alcancé a terminar, cuántos de esos hilos que creemos que nos atan a otras personas son en realidad nudos que nosotras mismas olvidamos desatar.
Mañana habrá otro mensaje suyo, probablemente. Pero ahora sé que mi pantalla es un cristal, no una herida abierta, y con eso alcanza para cerrar la sesión en paz.