Bitácora Violeta

Cómo mantener el equilibrio energético diario para evitar el agotamiento

Respondo el tercer mensaje sin haber cerrado el segundo, y la mandíbula se me tensa antes de terminar la frase. No es cansancio de haber hecho demasiado, es la sensación exacta de estar prestando energía que ya no vuelve. A eso le llamo, sin ninguna solemnidad, mi alquimia personal de cada mañana: la costumbre de revisar qué parte de mí sigue enredada en la bandeja de entrada de otra persona.

La limpieza energética diaria, tal como la practico, no es un ritual largo ni una lista de velas, es una pregunta que me repito entre tarea y tarea: ¿esto que siento es mío o lo acabo de heredar? El bienestar remoto, para quien trabaja sola desde un computador todo el día, depende menos de cuántas horas duerme y más de cuántas veces logra hacerse esa pregunta antes de que el cansancio se acumule sin nombre.

Cuándo empieza realmente el agotamiento

El agotamiento, al menos como lo distingo yo, no empieza el día que colapso. Empieza semanas antes, en el momento en que dejo de notar la diferencia entre mi cansancio y el de un cliente. Probé, hace un tiempo, un retiro de yoga de un fin de semana en Mindo, convencida de que un par de días fuera de la ciudad iba a resolver lo que sentía. Funcionó; hasta el lunes. El descanso prestado dura exactamente eso: lo que tarda en llegar el primer correo urgente.

Florencia me hizo una vez la pregunta que más se quedó rondando: ella estudió psicología antes de pasarse al diseño gráfico, y me preguntó por qué salgo de una videollamada de trabajo más agotada que después de limpiar todo el departamento. Ese día no tuve una respuesta clara. Ahora sí tengo, al menos, un método.

Mano escribiendo en un cuaderno de tapa violeta durante una pausa de limpieza energética diaria, junto a un café

Notar la fuga antes de que se vuelva costumbre

Casi siempre reviso esto temprano, con esa luz todavía gris y algo oblicua que cae sobre Quito antes de que el sol termine de asomar tras el Pichincha — es cuando más fácil distingo el cansancio real del prestado. Reviso el cuerpo antes que el ánimo: si contesto un mensaje con los hombros subidos hasta las orejas o la respiración corta, asumo que ya estoy prestando energía sin darme cuenta, y me detengo ahí mismo, no al final del día, cuando ya es una lista larga de pendientes emocionales.

Cuando la fuga viene de un cliente puntual, distingo si el peso es de la tarea o de la ansiedad de esa persona filtrándose en el tono del mensaje. Si es lo segundo, contesto y cierro esa conversación mentalmente antes de abrir la siguiente pestaña, en vez de dejarla flotando toda la tarde. Qué bestia lo simple que suena escrito así, y lo difícil que fue sostenerlo la primera vez que lo intenté en serio.

Hay una entrada en mi cuaderno que releo cuando dudo si el método sigue funcionando: cuatro páginas seguidas, sin levantar el bolígrafo del papel ni una sola vez. No fue el contenido lo que me sorprendió, sino la facilidad — la prueba más concreta que he tenido de que algo, por fin, no me costaba sostener.

Herramientas que reviso, y las que dejo para otro día

Escribir sigue siendo la base de todo lo demás. He notado que cómo subir la vibración energética escribiendo en mi cuaderno violeta no es un extra decorativo, sino la herramienta que sostiene a las demás: traduce lo difuso en una frase concreta, y una frase concreta es más fácil de soltar que una sensación sin nombre.

Hay días en que empiezo con páginas matutinas apenas despierto, solo para vaciar la cabeza antes de abrir el correo, y otros en que reviso qué bloqueos energéticos noto en el cuerpo antes de decidir si salgo o me quedo. La autohipnosis breve antes de dormir me ha servido más como corte que como cura, y aprender a proteger mi energía personal en una ciudad que nunca baja el volumen fue, con diferencia, lo más lento de incorporar.

Los domingos limpio la energía de la casa con el péndulo hebreo (un gesto de un par de minutos, no una ceremonia), y entre semana la numerología energética me ayuda a decidir qué día conviene para las llamadas más pesadas y cuál para las tareas livianas. Leer mis ciclos personales con esa misma numerología es distinto: me dice cuándo insistir y cuándo simplemente soltar. Maite, una conocida del café del barrio, me pregunta cada tanto por numerología sin querer comprometerse con ningún sistema en particular, y esa desconfianza sana me parece más útil que la fe ciega en cualquier método. Las meditaciones guiadas las reservo para las noches en que el pecho se aprieta sin motivo aparente, y limpiar el aura después de un cliente difícil se ha vuelto casi un reflejo, algo que hago antes de abrir el siguiente chat. La limpieza emocional con el péndulo, en cambio, la guardo para cuando algo del pasado se cuela sin avisar.

Laptop abierta junto a herramientas de sanación energética en un escritorio de madera, parte de la rutina de bienestar remoto

Cerrar el canal al final de la jornada

Antes de apagar el computador aplico algo menos espiritual de lo que suena: nombro, en una sola frase, qué de lo que sentí en el día fue mío y qué fue prestado. No hace falta un ritual largo — el criterio es simple, ¿esto lo cargo yo mañana o lo suelto ahora? Si no me corresponde, lo dejo ahí, en la página, y no lo llevo a la cama.

Cuando ese cierre no alcanza, recurro a algunos ejercicios para recuperar la energía interior y calmar la mente al trabajar, sobre todo en las temporadas donde el trabajo se acumula más de lo normal. Saltarme este paso tiene un costo medible: el cansancio de ayer se suma al de hoy sin que yo lo haya decidido, y para el tercer día ya no sé cuál es cuál.

El bienestar remoto no se mide en horas de sueño

El bienestar remoto, cuando trabajas sola y desde casa, se parece más a un ejercicio de contabilidad emocional que a un problema de horario. Puedo dormir ocho horas y despertar igual de drenada si no cerré los canales que dejé abiertos el día anterior; puedo dormir seis y sentirme entera si hice bien ese cierre.

La prueba a la que más confío ahora no está en cómo me siento al despertar, sino en si logro caminar hasta el Mercado Santa Clara con un café para llevar todavía caliente en la mano, escuchando el bus de las siete bajar por la calle, sin revisar el celular ni una sola vez. Ese es el termómetro real de si mi energía sigue siendo mía.

Atardecer urbano sobre Quito, símbolo del cierre energético al final de la jornada de teletrabajo

No tengo respuestas cerradas para esto, ñaño, y sospecho que nunca las voy a tener del todo, el trabajo cambia de forma cada cierto tiempo y el equilibrio se ajusta con él. Lo que sí sostengo, con la constancia de un diario espiritual que no busca vender nada, es que la energía no se recupera esperando a que termine la semana: se recupera revisando, tarea por tarea, qué parte de lo que siento realmente me pertenece.

Nada de lo anterior reemplaza un tratamiento de salud mental, y no tengo formación clínica: si el agotamiento se siente crónico o la angustia no cede, lo primero es hablar con un profesional de la salud, no ajustar el aura.

Nota: Todo lo que comparto aquí proviene de mi propia experiencia e investigación personal. Nada de esto debe tomarse como consejo médico, financiero o legal. Habla con un profesional cualificado antes de actuar basándote en lo que lees aquí.

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