
Me siento frente a la laptop con el ánimo por el suelo casi todas las mañanas, antes de que llegue siquiera el primer correo del día. Con la taza de café de chorreo humeante al lado del teclado y el cuaderno morado abierto sobre el escritorio, esta es la realidad que me acompaña cada jornada. Trabajo remoto como asistente virtual para negocios pequeños, y con el tiempo entendí que el bienestar emocional y la salud mental no se arreglan solo con dormir bien: hay una energía vital que se gasta distinto cuando pasás el día resolviendo urgencias ajenas desde una pantalla. No tengo formación clínica ni título de sanadora, practico una espiritualidad cotidiana hecha de hábitos pequeños, y esta entrada junta las preguntas que más me hacen sobre cómo recuperar esa energía y calmar la mente sin dejar el trabajo a medias.
El cuerpo está cargando algo que la mente todavía no nombra
La primera señal casi nunca es un pensamiento, es el cuerpo. Se me tensa un punto justo debajo del pecho cuando las notificaciones se acumulan en la pantalla, como si algo se cerrara ahí adentro. No necesito explicarte el mapa completo de centros energéticos para reconocer esa presión; me basta con sentir que la respiración se vuelve corta y que empiezo a mover la pierna bajo el escritorio sin darme cuenta. Belén, mi vecina del edificio de enfrente, riega sus plantas del balcón casi siempre a esa hora, y una mañana me preguntó por qué tenía cara de estar cargando un buzón entero sin abrir. Tenía razón: cuando el cuerpo avisa con ese tipo de bloqueo, ya llevo varios minutos trabajando en piloto automático.

Ese fue justamente el motivo por el que empecé a usar el péndulo antes de sentarme a trabajar, algo rápido, no un ritual largo. Ya conté antes cómo uso la limpieza energética con péndulo hebreo en mis herramientas de trabajo, y sigue siendo lo primero que hago cuando noto ese peso raro en el pecho. La regla que uso es simple: si después de un par de minutos la tensión no bajó nada, paro y hago la limpieza antes de seguir, en lugar de esperar a que se acumule toda la mañana. Y algo que repito seguido porque me parece importante: nada de esto reemplaza terapia ni el trabajo con un profesional de salud mental, es apenas lo que hago yo mientras trabajo, no un tratamiento.
Apretar antes de soltar: la técnica que sí me funciona
Casi todos los manuales dicen lo mismo: respirá, soltá, relajate. A mí esa indicación forzada en medio de una jornada pesada me dejaba más floja que tranquila, sin chispa para terminar los pendientes del día. Lo que cambió las cosas fue apretar antes de soltar: cierro los puños, subo los hombros hacia las orejas y aprieto los pies contra el piso durante unos segundos mientras inhalo, y solo entonces suelto todo con un suspiro largo. Qué bestia lo distinto que se siente comparado con la relajación de manual, es como si el cuerpo necesitara permiso antes de bajar la guardia.

Uso esta técnica entre bloques de trabajo, nunca durante una llamada, porque necesito las manos libres para escribir. Algunas tardes la combino con autohipnosis fácil para mejorar la autoestima después de la terapia, sobre todo en semanas con demasiados mensajes de clientes exigentes. Si notás que después de tensar y soltar la respiración sigue corta, esa es la señal de que el problema no es solo muscular, sino que algo de la conversación con el cliente sigue dando vueltas, y ahí ya no basta con el cuerpo, hay que anotar qué quedó pendiente y volver a eso después.
Pausas cortas para el trabajo remoto, sin ritual largo
Metí micro-pausas de pocos minutos entre una reunión y la siguiente, algo que cabe fácil en cualquier día de trabajo remoto. No cierro los ojos si no quiero, a veces solo miro hacia la calle Isabel La Católica desde la ventana e imagino raíces bajando desde mis pies hasta el piso del departamento. Es un ejercicio de enraizamiento sencillo, pero cambia algo: cuando trabajás todo el día "en la nube", literal y metafóricamente, es fácil que la energía se quede flotando arriba, desconectada del cuerpo. Al imaginar esas raíces siento que la mente deja de dar vueltas tan rápido, y también me sirve para proteger mi energía personal de los correos que llegan con tono de urgencia.

En esos mismos minutos, a veces saco una carta de tarot o reviso los ciclos de numerología energética que llevo anotados, no para adivinar nada, es más un ejercicio de organización interna que otra cosa. Viviana, una lectora que me escribe desde Bogotá y me cuenta cada semana cómo le va, me preguntó hace poco cómo evitar que su diario de energía terminara siendo otra lista de pendientes del trabajo. Le respondí que la diferencia está en la pregunta que te hacés antes de escribir: si abrís la página pensando en tareas, va a salir una lista de tareas; si la abrís preguntando qué sentís en el cuerpo, sale otra cosa. Ninguna de las dos está mal, pero conviene saber cuál estás haciendo.
Sé que algo cambió cuando dejo de esperar el agotamiento total
Las manos son las que más rápido avisan cuando algo se movió de verdad. Después de la tensión consciente o de una pausa de enraizamiento, a veces siento un frescor repentino en las palmas justo cuando por fin suelto los hombros, como si la circulación volviera a un lugar donde antes había un nudo. Esa sensación es la señal más confiable que tengo, más que cualquier pensamiento de "ya me siento mejor". Belén, que colecciona postales que nunca llega a enviar, dice que reconoce cuando ando en eso porque dejo de contestar el chat del edificio por un rato. También dejé de esperar a estar completamente agotada para hacer una pausa: las hago mientras todavía me queda algo de energía, porque después ya no sirven de mucho.

No todo lo que probé funcionó igual. Durante un tiempo llevé un diario de gratitud con tres puntos apenas despertaba, y lo abandoné después de varias semanas porque se sentía más como tarea que como práctica: escribía los mismos tres puntos casi por inercia, sin sentirlos. Lo que sí se quedó fue el cuaderno morado y esas mañanas en las que lleno cuatro páginas seguidas sin levantar el rotulador del papel, como si la mano supiera algo que la cabeza todavía no procesó. Ese momento, cuando dejo de pensar en la próxima frase y simplemente sigo escribiendo, es la mejor prueba que tengo de que la energía se movió de verdad. Vuelvo entonces a esto: la fatiga que sentís hoy es realmente cansancio del cuerpo, o ruido acumulado que nadie te enseñó a soltar.