
Paso el manojo de salvia blanca por el marco de la puerta del cuarto, despacio, mientras con la otra mano sostengo abierto el cuaderno violeta en la página de esta semana. Es la tercera vuelta que le doy al espacio esta mañana y todavía no logro que el aire del departamento se sienta liviano del todo. Esta limpieza espiritual que hago sola, sin maestro ni certificación, apoyada solo en lo que voy anotando cada día en mi diario de alquimia personal, es lo que me ha traído algo de descanso real después de meses de dormir con el cuerpo tenso. La protección energética y el bienestar holístico que busco no llegaron de un día para otro: llegaron anotados, semana tras semana, en esta libreta de pasta gruesa que ya tiene las esquinas dobladas.
Hace algunas semanas, antes de llevar este registro con tanto cuidado, dormía con los hombros subidos hasta las orejas y no sabía explicar por qué. No era el insomnio que se resuelve bajando la cafeína o apagando el celular a tiempo. Era una pesadez rara, como si algo se me quedara pegado en la nuca después de cada llamada de trabajo. Con el marcador de punta fina que ya casi no pinta anoté esa sensación en una sola frase, sin adornos. Fue por esos días que empecé a leer sobre alquimia energética, y empecé a sospechar que mi departamento necesitaba algo más que una escoba.
Algo se me pega, decía la nota. Nada más.
Protección energética antes de cerrar la laptop
Trabajo de asistente virtual para negocios pequeños, y paso buena parte del día metida en conversaciones ajenas: reclamos, plazos, gente estresada al otro lado de la pantalla que no conozco en persona. Vivir en una ciudad con tanto tráfico y tanta gente ya me había enseñado a cuidar mi energía personal antes de pensar siquiera en limpiar la casa; lo que me faltaba entender era que ese cuidado también tenía que pasar por el cuarto donde duermo. Hay tardes, después de una llamada particularmente difícil, en que froto las manos como si me quitara algo de encima —una especie de limpieza de aura improvisada antes de seguir con el siguiente pendiente de la lista.
La ansiedad prestada que se me pega
Las larvas energéticas, o lo que algunas tradiciones llaman un parásito astral, se alimentan de la ansiedad que dejamos sueltas por la casa sin darnos cuenta. Sé que cuando los hombros se me suben solos y sin motivo aparente, suele ser señal de algún bloqueo energético que todavía no termino de nombrar. Mis registros de numerología energética, los mismos que uso para organizar la semana de trabajo remoto, ya marcaban esos días como densos antes de que yo lo sintiera en el cuerpo. ¿Estoy limpiando mi casa, anoté esa noche, o solo estoy escondiendo la energía de otros bajo la cama?
No soy médica ni terapeuta, y esto que escribo no reemplaza ningún tratamiento ni diagnóstico. Las meditaciones guiadas fueron lo primero a lo que recurrí después de los ataques de pánico del 2020, mucho antes de saber que existían las larvas energéticas o cualquier otra palabra de este vocabulario. Después probé con un podcast de mindfulness en inglés antes de dormir, y terminaba más despierta que al empezar, porque una parte de mi cabeza se quedaba traduciendo en lugar de soltar el cuerpo —así que lo dejé. Esto que cuento aquí es proceso personal, no un reemplazo de terapia ni de acompañamiento profesional para quien lo necesite.
El ritual de sal, salvia y péndulo en el escritorio
Hace un mes empecé a tomarme en serio la limpieza del cuarto entero, no solo pasar un manojo de incienso rápido por el aire. Compré salvia blanca y la combiné con cloruro de sodio en los rincones, sal común, la misma que uso para cocinar, repartida despacio por el marco de las ventanas. Mi escritorio de madera queda justo frente al vidrio que separa el cuarto del balcón interior del edificio, y ahí, junto a la taza de café de chorreo que ya se había enfriado mientras escribía, empecé a usar también el péndulo hebreo —el mismo que uso para pedirle claridad al espacio cuando la oficina se siente cargada, y que en otras tardes sirve para soltar algo bien viejo, de esas cosas que uno carga sin darse cuenta de que las sigue cargando. La mesita de noche que hace años dejó de ser mesita de noche sostiene ahora un cristal y una vela de soya a medio consumir; esa mañana todavía flotaba cerca de ahí el aroma frío de la cera que había apagado la noche anterior, ese olor que se queda un rato después de que la llama ya se fue.

El domingo subí al Teleférico de Quito, casi por instinto, buscando que el aire frío de la altura despejara lo que la sal todavía no había tocado del todo. Ahí arriba, casi sin señal en el teléfono, pensé en lo poco que confío en resolver esto solo con fuerza de voluntad. Los días en que el teletrabajo me deja el cuerpo apretado, cierro los ojos unos minutos y uso una autohipnosis sencilla antes de seguir con la libreta; no es magia, es solo bajar el ritmo antes de continuar escribiendo. Estas páginas de la mañana no buscan ser literatura —son solamente el lugar donde vacío lo que traigo encima antes de abrir el correo del primer cliente.

Lo que noté en la semana doce
Hacia la semana doce de este registro pasó algo que no anoté como gran descubrimiento sino como un dato más: una mañana, con el péndulo de cuarzo quieto sobre el escritorio, noté que la respiración se acomodaba sola, sin que yo tuviera que dirigirla ni contarla.
No fue una revelación con luces.
Se lo conté a Mariela por audio ese domingo —desde Lima me contestó con esa voz de quien duerme toda la noche con una playlist de frecuencias binaurales de fondo, cosa que a mí, qué bestia, me quitaría el sueño de solo pensarlo. Ella lo lleva por el lado de la psicología positiva, yo por este otro camino, pero seguimos comparando notas cada semana.
Limpiar el cuarto sin atender lo que cargo por dentro solo funciona como un parche temporal —eso ya lo sé, aunque me cueste aplicarlo cuando el día viene pesado. Si sigo respondiendo correos con el estómago apretado, la puerta se queda abierta otra vez, sin importar cuánta sal haya repartido esa mañana. Por eso mi reflexión sobre por qué elegí Freedom Healing después de meses haciendo terapia sigue siendo tan importante en este proceso: no se trata solo de quemar salvia, sino de observar qué emoción sigo produciendo que les sirve de alimento a estas larvas.
También reviso mis ciclos personales en la numerología cada cierre de mes, para no interpretar como fracaso lo que en realidad es solo una fase baja del ciclo. Cuando el cansancio vuelve, ya sé identificar las señales de que necesitas un descanso energético en tu rutina diaria antes de que se convierta en otra noche sin dormir bien. Hoy, mientras cierro el cuaderno, el bus de la mañana ya baja por la calle y el aire que entra por la ventana sigue siendo frío, como siempre en esta altura. Mi cama volvió a ser un lugar donde descanso y no un campo de batalla, pero todavía no sé si esto que hago cada semana es una disciplina que se sostiene sola o si en algún momento voy a necesitar algo más que sal y un péndulo —esa es la pregunta que me llevo a la semana que viene.